"Lo terrible es que la conciencia de un hombre haya soportado desde la niñez una opresión que ninguna elasticidad del alma, ninguna energía de la libertad haya podido suprimir. Por supuesto que una aflicción en la vida puede oprimir la conciencia, pero si esta aflicción tiene lugar recién en la edad madura, no tiene tiempo de adoptar esta conformación natural, sino que se vuelve un momento histórico y no algo que se sitúa, por así decirlo, más allá de la conciencia misma. Quién tiene tal presión desde la niñez es igual a un niño que ha sido retirado con forceps del cuerpo materno y constantemente guarda el recuerdo de los dolores de la madre..."(1)"Es así como he ingresado a la vida, favorecido desde todo punto de vista por dones espirituales y condiciones exteriores. Todo fue y sería hecho a fin de desarrollar mi espíritu tan copiosamente como fuera posible. Así ingresé a la vida: lleno de confianza (en un cierto sentido, pues tenía al mismo tiempo una decidida simpatía y predilección por el sufrimiento y todo aquello en algún modo opresivo y doloroso), sí, con una actitud arrogante, casi estúpida. En ningún momento de mi vida había perdido la siguiente convicción: que uno puede lo que quiere, salvo una sola cosa, todo lo demás sin excepción, pero una sola cosa no, esto es, eliminar la melancolía, en cuyo hechizo me encontraba. Jamás (algunos podrán tomar esto como jactancia, sin embargo era verdad para mí, tan verdadero como lo que sigue, que nuevamente pueden tomar como una arrogancia) -jamás me vino el pensamiento que hubiera vivido o nacido en mi tiempo alguien que me fuera superior- y en mi interior más profundo era para mí el más miserable de todos. Jamás me asaltó el sentimiento de que no llegase a triunfar, incluso al emprender las cosas más estúpidas, salvo en una sola cosa, a excepción de ésa en todas, pero en ésa no: llegar a dominar esta melancolía, de cuya opresión no me he visto totalmente libre ni siquiera un día. De todos modos, hay que entender que desde temprano estaba iniciado en el pensamiento de que vencer en el sentido de la infinitud (el único vencer real) suponía llegar a sufrir en el sentido de la finitud. Así esto, estaba de acuerdo con mi pensamiento melancólico más profundo, esto es, que yo en realidad no sirvo para nada, para nada en el sentido de la finitud"(2).
"Me parece como si yo fuera un esclavo de las galeras encadenado con la muerte; cada vez que la vida se agita, rechina la cadena y la muerte hace que todo se marchite - y esto ocurre a cada minuto(3).
"Es terrible la total incapacidad espiritual que padezco en este tiempo, precisamente porque está asociada con un anhelo destructor, con un apasionamiento espiritual - y sin embargo tan carente de contornos que una vez más no sé qué es lo que echo de menos"(4).
"12 de Mayo. La existencia entera me angustia, desde el mosquito más pequeño hasta los misterios de la Encarnación; todo me es inexplicable, y mucho más yo mismo; la existencia entera está infectada por mí, y en mayor grado yo mismo. Grande es mi sufrimiento, carente de límites; nadie lo conoce, salvo Dios en el cielo y El no me quiere consolar; nadie me puede consolar, salvo Dios en el cielo y El no se quiere compadecer"(5).
"Vengo precisamente de una sociedad en la cual yo era el alma; el ingenio fluía de mi boca, todos reían, me admiraban, pero yo me fui, si el guión debe ser tan largo como los radios de la órbita terrestre.... me retiré y quería pegarme un tiro".
"Muerte e infierno, puedo hacer abstracción de todo, pero no de mí mismo; no puedo incluso olvidarme una vez de mí mismo ni cuando duermo"(6).
"Lo que me reconciliaba con mi destino y mi sufrimiento, a mí, el prisionero tan desdichado, tan atormentado, era la libertad ilimitada de poder disimular: yo tenía y he recibido el permiso de estar absolutamente solo con mi dolor.
"Libremente, se entiende, de no poder hacer otra cosa que volver poco agradable para mí el resto de lo que podía hacer por mí mismo. Dadas ambas condiciones (semejante dolor y semejante simulación) es asunto de la peculiaridad individual en qué aspecto del hombre se pone atención: si este tormento interior, solitario (demoníaco) encuentra su más satisfactoria expresión en el odio a los hombres y en la blasfemia a Dios o precisamente en lo contrario. Mi caso fue este último. Tan lejos como retrocedía en mi recuerdo, estaba en claro para mí una cosa: que no era para mí el buscar consuelo y ayuda en otros. Satisfecho de lo mucho que se me había concedido, a la espera de la muerte en tanto que hombre, deseando la más extensa vida en tanto espíritu, tenía el pensamiento en un amor melancólico por los hombres, de serles de ayuda, de encontrar para ellos un consuelo, sobre todo la claridad del pensamiento y en particular la claridad respecto al cristianismo.
"Muy atrás se remonta en mi recuerdo el pensamiento de que en cada generación son dos o tres quienes llegan a ofrecerse por los otros para descubrir mediante terribles sufrimientos lo que beneficia a otros. De este modo me comprendía melancólicamente a mí mismo: como que para esto estaba destinado"(7).
"...nunca fui hombre: desde mi nacimiento esto formaba parte de mi desdicha; y sería tanta más desdicha a causa de mi educación. Pero cuando se es niño -y los otros niños juegan, hacen bromas, o lo que hacen de ordinario-; bueno, y cuando se es un muchacho- y los otros jóvenes aman, bailan, o lo que hacen todos los jóvenes- entonces ser espíritu, ya sea niño o joven, es una angustia terrible! ¡Angustia más terrible aún cuando, con la ayuda de la fantasía, se conoce la muestra de habilidad que significa presentarse como si uno fuera el más joven de todos! Esta desdicha es, sin embargo, más moderada a los cuarenta años y deja de existir en la eternidad. No he conocido la espontaneidad y por esta razón yo no he vivido, hablando desde un punto de vista simplemente humano; con reflexión he comenzado, no la he adquirido recién más tarde, propiamente soy reflexión desde el principio al final. En ambos períodos de la espontaneidad, como niño y como joven, tuve que ayudarme de una juventud falsa pues la reflexión no aporta jamás solución alguna, y como no estaba aún en claro de los dones concedidos a mí, he soportado el dolor de no ser como los otros"(8).
"Es notable la forma severa en que, en cierto sentido, he sido educado. De tiempo en tiempo me siento colocado en el tugurio más lúgubre, me arrastro de rodillas en la pena y el dolor, sin ver nada, sin ninguna salida. Entonces rápidamente se despierta en mi alma un pensamiento, tan vivo como nunca antes lo tuve, aún cuando tampoco me sea desconocido, pero antes estuve casado con él, por así decirlo, solo con la mano izquierda, ahora lo estoy con la derecha. Si este pensamiento que ahora se ha fijado en mí, lo tomo sobre mis hombros, yo, el que estaba contraído como una langosta, vuelvo a la vida nuevamente, sano, fuerte, alegre, de sangre caliente suave como un recién nacido. En consecuencia debo, en cierto sentido, dar mi palabra de querer proseguir este pensamiento hasta sus últimas consecuencias, pongo para eso mi vida como garantía y me encuentro ahora atado al arnés. No puedo detenerme, y mis fuerzas resisten. Entonces llego al fin, y todo comienza otra vez"(9).
"Cuantas veces me ha ocurrido lo que acaba de ocurrirme. Así me hundo en el sufrimiento de la más profunda melancolía, a la cual se liga uno u otro pensamiento de una forma tal para mí, que no puedo desligarlo y como dicho pensamiento está en relación con mi existencia, sufro indescriptiblemente. Transcurrido cierto tiempo, estalla, por así decirlo, el absceso y por debajo aparece la más agradable y copiosa productividad, justamente la productividad de que tengo necesidad en ese momento.
"Pero en tanto el sufrimiento perdura, es a menudo atrozmente penoso. Sin embargo, poco a poco, se aprende con la ayuda de Dios a permanecer en la fe junto a Dios, incluso en los momentos de sufrimientos, o a acercarse a Dios tan rápido como es posible cuando se tiene la impresión que nos ha abandonado por un momento mientras uno sufría. Así tiene que ser, pues si uno tuviera presente del todo a Dios ante sí, entonces no sufriría de ningún modo"(10).
"Una mañana, cuando me levanté de la cama, me encontraba inusitadamente bien. Este bienestar creció después más allá de toda comparación. A la una del mediodía había alcanzado el punto más alto y ya presentía el vertiginoso máximo, que ningún termómetro del bienestar, incluso el poético, haya jamás indicado. El cuerpo había perdido su pesantez terrestre; sí, era como si no tuviera más ningún cuerpo. Cada función gozaba de su plena satisfacción; cada nervio estaba en acuerdo consigo mismo y en armonía con la totalidad del sistema; cada pulsación atestiguaba la robusta vitalidad que agitaba el organismo. Yo caminaba como si estuviera suspendido en el aire, pero no como lo hace el vuelo del pájaro, que corta en dos el aire para alejarse de la tierra, sino como las ondas de la simiente impulsada por el viento, como el balanceo del mar borracho de nostalgia, como el ensoñador deslizarse de las nubes. Mi ser era la diafanidad pura -como la meditación profunda del mar, como el silencio de la noche satisfecho de sí, como el silencio monológico del mediodía.
"Cada sentimiento retumbaba en mi alma como una resonancia melódica. Cada pensamiento se ofrecía en sí mismo y cada pensamiento se recogía en mi alma con un regocijo solemne, tanto la idea más disparatada como la más rica. Cada sensación era presentida antes que ocurriese, de tal modo que para mí era tan sólo la realización esperada de una posibilidad yacente en mí. Toda existencia estaba como enamorada de sí y se estremecía en una relación de embarazoso destino con mi ser. Todo en mí era presagio y todo se transfiguraba misteriosamente en mi microcósmica felicidad, que transfiguraba todo en sí, incluso lo desagradable, la observación más fastidiosa, la mirada más antipática, incluso la pelea más fatal. Como decía, a la una en punto, estaba en lo más alto, allí donde presentía lo más supremo de todo. Entonces, rápidamente, algo comenzó a hormiguear en mi ojo izquierdo, qué cosa era eso, si un pelo de la pestaña, o una fibrilla, o una partícula de polvo, no lo sé; pero lo que si sé es que en ese mismo instante me precipité en un abismo de desesperación"(11).
"19 de Mayo. A la mañana. 10.30 hs. Hay una alegría indescriptible que nos abraza totalmente, de forma inexplicable como acontece el arrebato del Apóstol3 cuando exclama sin motivo: "Alegraos, les vuelvo a decir, alegraos". No es una alegría provocada por esto o aquello, sino una ardiente exclamación del alma "con la lengua, la boca y lo profundo del corazón".
"Me alegro de mi alegría, a causa de, junto a, por y con mi alegría. Un estribillo celestial que como un rayo, se diría, interrumpe el resto de nuestro canto; una alegría que refresca y reanima como lo hace una brisa, una corriente de vientos alisios que sopla desde el bosque Wamré hasta las moradas eternas"(12).
"Del 'poeta' se dice que invoca a las musas para recibir los pensamientos. Éste no ha sido nunca mi caso. Mi individualidad se niega incluso a comprenderlo así; por el contrario, yo necesitaba cada día de Dios para librarme de la abundancia de pensamientos. En realidad, si le damos a un hombre tal vigor de productividad y al mismo tiempo una salud igual de débil, ya aprenderá a rezar. Podría sentarme e ininterrumpidamente escribir día y noche, e inclusive seguir escribiendo un día y una noche más, pues mi fertilidad es suficiente. Esta muestra de habilidad la pude hacer a cada momento, y aún ahora podría. Si lo hiciera, me hará añicos. Basta el más pequeño descuido en el régimen y estoy en peligro de muerte. Pero si aprendo a obedecer, si realizo el trabajo como una tarea rigurosa, tomo convenientemente mi pluma y escribo cuidadosamente cada letra; entonces lo puedo hacer. Y así, muy a menudo tuve más alegrías a causa de mi conducta obediente hacia Dios que a causa de los pensamientos que yo producía..."(13).
"Pero, visto desde otro ángulo, durante mi actividad literaria he necesitado también día tras día en el curso de los años de la ayuda de Dios; pues El fue mi único confidente. Gracias a la confianza en el conocimiento que Dios tenía de mí he podido atreverme a lo que me atreví y he podido soportar lo que soporté, así como encontrar la felicidad en estar literalmente solo en este vasto mundo. Pues donde yo estuviera, ya sea ante la vista de todos o a solas con los más íntimos, siempre estaba disfrazado de engaño y por tanto solo; ni en la soledad de la noche podía estar más solo. Estaba solo no en las selvas de América con sus horrores y peligros, sino en la compañía de las más horribles posibilidades, que comparadas con la realidad más terrible, esta es algo agradable y suave.
"Estaba solo, casi enemistado con el lenguaje humano; solo en los tormentos que me enseñaron más de un comentario a aquel texto de la espina en la carne4; sólo en las decisiones, aquéllas en las que hubiera podido necesitar el apoyo de amigos y de ser posible, de todo el género humano; solo en toda clase de tensiones dialécticas, que llevarían a todo hombre con mi fantasía (sin Dios) hasta la locura; solo en las angustias de muerte; solo en la absurdidad de la existencia, sin poder (aunque lo quisiera), hacerme comprender por una sola persona -exactamente, digo "una sola persona", pues hubo épocas donde no era eso lo que me faltaba (de modo que no se pudiera decir "no faltaba más que esto"), épocas en las cuales no me podía hacer comprensible incluso para mí mismo.
"Cuando pienso que transcurrieron años de esta manera, me estremezco; si veo en forma equivocada por un solo instante, me derrumbo. Pero si veo correctamente, de modo que mediante la fe encuentro el reposo en la confianza del conocimiento de Dios acerca de mí, entonces la felicidad se hace presente otra vez..."(14).
"¿Tiene un hombre el derecho a querer su propia ruina? ¡No! ¿Por qué no? Porque la causa es ó una aversión a la vida, y él debe tener la firme decisión en combatirla, ó porque quiere ser más que un hombre. En verdad hay suficientes casos, que incluso la razón humana puede reconocerlos: un sacrificio produciría aquí un efecto enorme, daría lugar a un espacio adecuado. Sin embargo, querer su ruina es algo demasiado elevado para un hombre.
"Pretender su ruina es algo tan elevado que solamente lo divino puede tener esta voluntad con una perfecta pureza. En todo hombre que quisiera algo semejante habría siempre un dejo de melancolía. Aquí yace por lo tanto el defecto. Quizás es un deseo reprimido o algo parecido, por el cual el hombre, librado a sí mismo, desespera (pues para Dios todo es posible) y su pasión lo lanza sobre esta suerte de heroísmo.
"Pero esto no es lícito. Un hombre debe consentir a sus deseos de cara a Dios, tratar humanamente de alcanzarlos, rogar a Dios que así quiera hacerlo y luego dejar a cargo de Dios si debe acaso marchar hacia su ruina precisamente por ese camino. Brevemente, un hombre debe ser un hombre"(15).
"Desde niño estuve bajo el hechizo de una inmensa melancolía, cuya profundidad encuentra su real expresión verdadera en que me ha concedido la habilidad, en el mismo grado inmensa, de ocultarla bajo una aparente lozanía y alegría de vivir. Desde siempre, tanto como recuerdo, he encontrado mi única alegría en que nadie podía descubrir lo desdichado que me sentía. Esta exacta proporción entre melancolía y el arte de ocultarla mostraba que yo dependía de mí mismo y de la relación con Dios.
"De niño fui educado severa y rigurosamente en el cristianismo, y desde un punto de vista humano, digamos que fui educado de una forma insensata. En mi más temprana juventud ya había cargado con impresiones bajo las cuales el melancólico viejo5, que las ponía sobre mí, había sucumbido. ¡Era un niño que de un modo insensato tenía que sentir, pensar y vivir como un anciano melancólico! ¡Algo terrible! No hay que asombrarse entonces que a ratos el cristianismo me parecía la atrocidad más inhumana, aunque nunca (incluso cuando más alejado estuve de él) perdí mi respeto por el cristianismo y estaba firmemente decidido (especialmente en el caso que no me decidiera a favor del cristianismo) a no poner a nadie al corriente de las dificultades que yo conocía pero de las cuales no había leído ni escuchado nada. Pero nunca había roto con el cristianismo o renunciado a él; nunca me vino a la mente atacarlo -sino más bien estaba firmemente decidido, apenas pudiera hacer uso de mis fuerzas, a hacer todo lo posible en su defensa o al menos por presentarlo en su forma verdadera...
"En cierto modo amaba al cristianismo; me era digno de veneración; por cierto que me ha hecho sumamente desgraciado, humanamente hablando. Todo esto estaba ligado con la relación que tenía con mi padre, el hombre que más he amado. ¿Y qué quiere decir esto? Significa precisamente que este hombre es quien me hizo desgraciado, a causa del amor. Su defecto no era que careciera de amor sino que confundía a un niño con un anciano. Amar a quien me ha hecho feliz es para el hombre que reflexiona una forma deficiente de amor; amar a quien con mala intención me hizo desgraciado, es virtud; pero amar a quien por amor me hizo desgraciado, y por lo tanto a causa de una equivocación, es la forma normal del amor, no descripta hasta ahora, del hombre que reflexion."(16).
"Es maravillosa la forma en que me subyuga el amor de Dios. Al fin y al cabo no conozco ninguna oración más verdadera que aquella que rezo una y otra vez: que Dios quiera concederme que no se enoje conmigo porque continuamente le agradezco que haya hecho y haga, sí, que haga mucho más por mí de lo que jamás hubiera esperado. Rodeado de escarnio, atormentado día tras día por la estrechez de miras de los hombres, incluso de aquellos más cercanos a mí; no sé hacer otra cosa, en casa o en mi más profundo interior, que agradecer a Dios; pues comprendo que es indescriptible lo que ha hecho por mí. Un hombre, con lo que es un hombre para Dios: una nada, menos que una nada; y un pobre hombre que desde niño ha caído en la melancolía más miserable, un hombre que es un objeto de angustia para sí mismo.
"¡Y vemos que Dios me ayuda de ese modo y me concede lo que me ha concedido!"
"Una vida que era una carga para mí mismo, por más que a veces fuera conciente de todas mis disposiciones favorables; pero como todo me irritaba a causa de ese punto negro, echaba a perder todo... Una vida de tal naturaleza toma Dios sobre sí. El me permite llorar en su presencia en una silenciosa soledad, llorar continuamente de dolor, consolado bienaventuradamente por saber que me protege y al mismo tiempo que da a esta vida de dolor una significación que casi me subyuga, me da dicha y fuerza y sabiduría para todas mis prestaciones, con el objeto de hacer de la totalidad de mi existencia una expresión pura de las ideas, o sea con el objeto de que El la haga tal expresión.
"Es así que ahora comprendo tan claramente (otra vez una nueva alegría a propósito de Dios, nueva ocasión para agradecerle) que mi vida está cuidada. Mi vida ha comenzado sin espontaneidad, con una melancolía terrible, perturbada en su base mas profunda desde mi niñez más temprana. Una melancolía que me precipitó durante cierto tiempo en el pecado y en el libertinaje, y sin embargo, hablando humanamente, fui casi más insensato que culpable. Es así como, efectivamente, la muerte de mi padre se ha adherido a mí. Yo no podía creer que esta indigencia fundamental de mi ser pudiera llegar a desaparecer. De tal modo que me aferré a lo eterno, bienaventuradamente, convencido de que Dios es amor, aún cuando debiera sufrir así toda mi vida. Sí, yo tenía de esto la certeza bienaventurada. Es así como yo concebía mi vida"(17).